LA VOZ DE CHARLES

De donde venga, sea cual sea la hora, el día, el tiempo. ¿Por qué contemplar mi viñedo, pequeño, bajo mis ventanas, cara al sol, frente a los Pirineos me hace tan feliz?

Yo, antiguo estudiante de ciencias, jugador de rugby, he tardado mucho en darme cuenta que la sensación de armonía conmigo mismo y con la naturaleza viene de la alianza, en el trabajo del viticultor, entre lo bello y lo bueno

He visto a mi padre trabajar esta tierra. Él vio al suyo, que había visto al suyo, la boina sobre la cabeza, las arrugas enmarcando los ojos, la piel quemada por el sol, las manos grandes fuertes esculpidas por el trabajo de la viña y la bodega.

Tras sus aires toscos y sus voces en las que se escuchaban rodar los cantos del Gave, tras su manera de tirar de la boina hacía los ojos, de alejarse entre las cepas o de enfadarse sin razón, hoy sé que se esconde la emoción de lo que estoy viendo: inmensa belleza que surge del equilibrio entre la tierra, su clima, sus noches de pálida luna y nuestro trabajo.

Los hombres de nuestra tierra esconden su sensibilidad, sólo se les escapa cuando cantan. Al igual que el amor y en el goce saben que todo es cuestión de momento y de ritmo: el tiempo que hace, el tiempo que hace falta.

Este es mi legado del que entenderán que me sienta orgulloso.

Cuando el "progreso" que nunca se conforma con lo que obtiene amenazaba otros cultivos, nosotros viticultores de Jurançon nos preocupábamos por el respeto de la tierra, por sus equilibrios, por su sentido de la fertilidad, nos preguntábamos sobre el sentido de compartir o del término solidaridad.

El sabor, lo propio, y lo justo tres conceptos como punto de partida para resolver un misterio a cuatro incógnitas - cepa, suelo, tiempo y nuestro temperamento -.¿Y si el "progreso" estuviera ahí? ¿Y si fuera ahí donde reside la modernidad?

Cuando me encuentro con la transparencia de la piedra preciosa, cuando el aroma a flores blancas de mi vino sorprende antes que nada a mi propia nariz, cuando después de mucha desazón y dudas, la embocadura conseguida se acerca a la soñada,  me siento... simplemente bien. Y sólo sueño con compartirlo.

Vengan a verme, vengan a catar, vengan a decirme. Y además conocerán a Marie, mi hija. Conocerán su entusiasmo, su buen humor y su indignación, sus ganas de aprender, su ansia de inventar, en nuestro viñedo, en su viñedo.